El libro necesario frente a la globalización
Gonzalo Fragui
En meses recientes, durante la ceremonia llena de colorido en homenaje a Evo Morales, vi con desbordada emoción física cómo todo el movimiento indígena latinoamericano llevaba regalos, bendiciones y deseos para que los dioses otorgaran al nuevo presidente sabiduría para gobernar. Pensé que comenzaba por fin a andar bien la América, como pedía José Martí. Hubo, sin embargo, un hecho que me produjo una gran curiosidad. La mayoría de los regalos eran tejidos, ruanas, ponchos, mantos, bolsos. Escasamente un libro. Yo estaba ocupado en hacer una ponencia sobre las nuevas alternativas del libro y la lectura en América latina, y no entendía. Ahí fue que recordé una novela de Manuel Scorza, El cantar de Agapito Robles, en donde uno de los personajes, Doña Añada, tejía ruanas, cuyos dibujos anunciaban acontecimientos que ocurrirían en la comunidad en los días venideros, pero que las personas se darían cuenta sólo después de que las cosas, allí anunciadas, habían sucedido.
Quizá sea ese nuestro caso. Antes que el libro, primeramente deberíamos leer realidades, dice Juan Gelman. “Un pueblo es un pensamiento traducido en mil expresiones vivas”, decía Enrique Bernardo Núñez. Y es que la cultura está en los nacientes de la historia. La cultura es la savia de una sociedad. Todos hablan de la economía, de las variaciones de las monedas, de la bolsa de valores, pero muy pocos piensan en lo que nutre desde la raíz. Así es la cultura.
Por ello es bueno recordar que de lo que se trata, entonces, es que estamos antes dos sistemas opuestos y en pugna. Uno cada vez más prepotente, agresivo, saqueador, y otro, solidario y complementario, aunque muchas veces un poco ingenuo y extraviado.
Lo peor de hoy son los nervios del imperio. Parafraseando a Lenin, podríamos decir que “La paranoia es la fase superior del imperialismo”. Y que los pueblos meten miedo, sobre todo cuando los movimientos populares avanzan y se fortalecen, como sucede en estos días, y ojalá que para siempre, en América Latina.
Dice Luis Britto García que a la Iniciativa para Las Américas, la promoción de tratados de libre comercio, y el plan de reducción y subordinación transnacional, se suma hoy como un nuevo campo táctico a ese proyecto hegemónico, el de la guerra cultural.
Pero el imperio no quiere más guerras de desgaste. Lo que le gusta al imperio son los bombardeos desde portaaviones, llámense Eisenhouer o CNN. El imperio siente que se le acaba el tiempo y los recursos. Por eso financia grupos desestabilizadores y arrecia su campaña internacional de desprestigio contra gobiernos legítimamente constituidos, como es el caso del presidente Hugo Chávez, tratando de evitar la reelección en los próximos comicios de diciembre. Se trata de una campaña de “ablandamiento” para, si se dan las condiciones, tratar de hacer algo más “activo”.
Campañas que no dejan flanco alguno sin cubrir. Libros, películas, discos, revistas, medios de “comunicación” harán una alianza macabra destinada a desconocer todo lo que sea desfavorable al imperio.
Campañas dirigidas también a los gobiernos que no se subordinan. A los gobiernos que no cambian deuda externa por soldados muertos en Irak. A los que no cambian países por gaseosas. A los que no permiten violar su soberanía.
El presidente Chávez ha propuesto un nuevo modelo económico de solidaridad para América Latina y el Caribe: el ALBA. Ha propuesto, por ejemplo, un gasoducto desde Venezuela hasta Argentina, pasando por Brasil, Bolivia, y todos los demás países.
De manera análoga creemos que es igualmente urgente y necesario crear un ducto para el intercambio de bienes, servicios y propuestas culturales entre nuestros países. Y allí sí entra, entonces, ya no solitario y desarticulado, el libro.
Pero el libro ha de tener una misión libertaria. Porque el libro, también, muchas veces ha sido compañero del imperio. Así como las lenguas, recordemos a Nebrija. Hay libros arietes, que se adelantan al invasor, o que lo acompañan, preparando el terreno, o matrizando, respondiendo a códigos de neocolonización, que impulsa desplazar toda memoria, toda tradición, toda querencia. Así, por ejemplo, la palabra patria quedó desterrada de nuestro léxico. Era algo “cursi”. Se cambió por “globalización”. Nuestros países fueron expulsados de nuestras escuelas, de nuestras universidades y hasta de sí mismos. Libros y mercenarios que tratan de homogeneizarnos, de banalizarnos, pretendiendo convertirnos en repúblicas “aéreas”, o como aquellas tribus que sólo andaban por las aguas para no dejar huellas.
Mi planteamiento tiene que ver con el libro necesario, con el libro liberador, defensor de nuestras diversidades y de esa gran unidad que somos los países latino-caribeños. En ese sentido quisiera destacar tres aspectos:
En primer lugar, el libro que se escribe por necesidad. Decía nuestro Premio Nacional de Literatura, 2006, Renato Rodríguez, que hay quienes construyen libros y hay quienes escriben. La gran paradoja de hoy es que el llamado “mercado” impone cuál libro debe publicarse y cuál no. Así los libros vivos no se publican mientras salen por millares libros con fecha de caducidad. Libros prefabricados por las editoriales, con arreglos a criterios extraliterarios, los que mueren al nacer, los que duran menos que un atún, como le escuché decir alguna vez a Santiago Alba, y a los que sólo faltaría poner al lado del código de barras, en un aviso rojo y con una calavera: “Consúmase preferiblemente antes de la fecha tal”. Los fondos editoriales alternativos apuestamos a los libros que se escriben por necesidad espiritual de sus autores y no a los libros mercenarios, especie de frankestein literario, de los escritores que se venden por un puñado de euros al mejor postor.
En segundo lugar: Libros y autores fundacionales de nuestra nacionalidad. Libros y autores que fueron silenciados, marginados, secuestrados, pero que siguen vivos. Digámoslo con palabras del poeta cubano Roberto Fernández Retamar en su ensayo “Calibán”: Para ser consecuentes con nuestra actitud anticolonialista, tenemos que volvernos efectivamente a los hombres nuestros que en su conducta y en su pensamiento han encarnado e iluminado esa actitud”.
En tercer lugar: La necesidad de superar nuestro analfabetismo de las lenguas autóctonas. Decía Simón Rodríguez que el quechua y el aymara eran más importantes para nosotros que el griego y el latín. Quizá hoy pudiéramos decir que son igualmente importantes, pero debería haber una Misión Robinson que nos enseñe wuayunaiki, pemón, maquiritare, entre muchos otras lenguas, ya que como lo reza la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, somos un país multiétnico, pluricultural y los idiomas indígenas forman parte de nuestro patrimonio cultural y de la humanidad. Por eso es necesario una campaña de alfabetización en lenguas indígenas y es necesario la publicación de libros bilingües. Miguel Ángel Jusayú decía que hacemos poco con enseñar a leer en wuayunaki si no tenemos libros ni periódicos ni revistas ni emisoras de radio en wuayunaiki o por lo menos bilingües.
Las editoriales alternativas, a pesar de las dificultades, estamos cumpliendo con nuestra parte, publicar libros que se escriben por necesidad de vida de los autores. Pero creemos que deber ser una política de estado la publicación y distribución masiva de libros y autores fundamentales para América Latina y el Caribe, así como de libros en bilingüe. Y es en esa forma que el libro puede ser de manera decisiva un instrumento de integración. Los gobiernos tienen que hacer su parte. Venezuela, con la ayuda solidaria de Cuba, logró salir en tiempo record del analfabetismo. Bolivia ahora hace lo propio. Esa debería ser una prioridad, por lo menos de todos nuestros gobiernos amigos. Así el libro sí tendría un auténtico sentido.
Todo lo demás será ganancia, porque, como decía don Alfonso Reyes: “Todo cuanto se haga a favor del libro, se habrá hecho a favor del hombre, de lo más humano que hay en el hombre”.
En meses recientes, durante la ceremonia llena de colorido en homenaje a Evo Morales, vi con desbordada emoción física cómo todo el movimiento indígena latinoamericano llevaba regalos, bendiciones y deseos para que los dioses otorgaran al nuevo presidente sabiduría para gobernar. Pensé que comenzaba por fin a andar bien la América, como pedía José Martí. Hubo, sin embargo, un hecho que me produjo una gran curiosidad. La mayoría de los regalos eran tejidos, ruanas, ponchos, mantos, bolsos. Escasamente un libro. Yo estaba ocupado en hacer una ponencia sobre las nuevas alternativas del libro y la lectura en América latina, y no entendía. Ahí fue que recordé una novela de Manuel Scorza, El cantar de Agapito Robles, en donde uno de los personajes, Doña Añada, tejía ruanas, cuyos dibujos anunciaban acontecimientos que ocurrirían en la comunidad en los días venideros, pero que las personas se darían cuenta sólo después de que las cosas, allí anunciadas, habían sucedido.
Quizá sea ese nuestro caso. Antes que el libro, primeramente deberíamos leer realidades, dice Juan Gelman. “Un pueblo es un pensamiento traducido en mil expresiones vivas”, decía Enrique Bernardo Núñez. Y es que la cultura está en los nacientes de la historia. La cultura es la savia de una sociedad. Todos hablan de la economía, de las variaciones de las monedas, de la bolsa de valores, pero muy pocos piensan en lo que nutre desde la raíz. Así es la cultura.
Por ello es bueno recordar que de lo que se trata, entonces, es que estamos antes dos sistemas opuestos y en pugna. Uno cada vez más prepotente, agresivo, saqueador, y otro, solidario y complementario, aunque muchas veces un poco ingenuo y extraviado.
Lo peor de hoy son los nervios del imperio. Parafraseando a Lenin, podríamos decir que “La paranoia es la fase superior del imperialismo”. Y que los pueblos meten miedo, sobre todo cuando los movimientos populares avanzan y se fortalecen, como sucede en estos días, y ojalá que para siempre, en América Latina.
Dice Luis Britto García que a la Iniciativa para Las Américas, la promoción de tratados de libre comercio, y el plan de reducción y subordinación transnacional, se suma hoy como un nuevo campo táctico a ese proyecto hegemónico, el de la guerra cultural.
Pero el imperio no quiere más guerras de desgaste. Lo que le gusta al imperio son los bombardeos desde portaaviones, llámense Eisenhouer o CNN. El imperio siente que se le acaba el tiempo y los recursos. Por eso financia grupos desestabilizadores y arrecia su campaña internacional de desprestigio contra gobiernos legítimamente constituidos, como es el caso del presidente Hugo Chávez, tratando de evitar la reelección en los próximos comicios de diciembre. Se trata de una campaña de “ablandamiento” para, si se dan las condiciones, tratar de hacer algo más “activo”.
Campañas que no dejan flanco alguno sin cubrir. Libros, películas, discos, revistas, medios de “comunicación” harán una alianza macabra destinada a desconocer todo lo que sea desfavorable al imperio.
Campañas dirigidas también a los gobiernos que no se subordinan. A los gobiernos que no cambian deuda externa por soldados muertos en Irak. A los que no cambian países por gaseosas. A los que no permiten violar su soberanía.
El presidente Chávez ha propuesto un nuevo modelo económico de solidaridad para América Latina y el Caribe: el ALBA. Ha propuesto, por ejemplo, un gasoducto desde Venezuela hasta Argentina, pasando por Brasil, Bolivia, y todos los demás países.
De manera análoga creemos que es igualmente urgente y necesario crear un ducto para el intercambio de bienes, servicios y propuestas culturales entre nuestros países. Y allí sí entra, entonces, ya no solitario y desarticulado, el libro.
Pero el libro ha de tener una misión libertaria. Porque el libro, también, muchas veces ha sido compañero del imperio. Así como las lenguas, recordemos a Nebrija. Hay libros arietes, que se adelantan al invasor, o que lo acompañan, preparando el terreno, o matrizando, respondiendo a códigos de neocolonización, que impulsa desplazar toda memoria, toda tradición, toda querencia. Así, por ejemplo, la palabra patria quedó desterrada de nuestro léxico. Era algo “cursi”. Se cambió por “globalización”. Nuestros países fueron expulsados de nuestras escuelas, de nuestras universidades y hasta de sí mismos. Libros y mercenarios que tratan de homogeneizarnos, de banalizarnos, pretendiendo convertirnos en repúblicas “aéreas”, o como aquellas tribus que sólo andaban por las aguas para no dejar huellas.
Mi planteamiento tiene que ver con el libro necesario, con el libro liberador, defensor de nuestras diversidades y de esa gran unidad que somos los países latino-caribeños. En ese sentido quisiera destacar tres aspectos:
En primer lugar, el libro que se escribe por necesidad. Decía nuestro Premio Nacional de Literatura, 2006, Renato Rodríguez, que hay quienes construyen libros y hay quienes escriben. La gran paradoja de hoy es que el llamado “mercado” impone cuál libro debe publicarse y cuál no. Así los libros vivos no se publican mientras salen por millares libros con fecha de caducidad. Libros prefabricados por las editoriales, con arreglos a criterios extraliterarios, los que mueren al nacer, los que duran menos que un atún, como le escuché decir alguna vez a Santiago Alba, y a los que sólo faltaría poner al lado del código de barras, en un aviso rojo y con una calavera: “Consúmase preferiblemente antes de la fecha tal”. Los fondos editoriales alternativos apuestamos a los libros que se escriben por necesidad espiritual de sus autores y no a los libros mercenarios, especie de frankestein literario, de los escritores que se venden por un puñado de euros al mejor postor.
En segundo lugar: Libros y autores fundacionales de nuestra nacionalidad. Libros y autores que fueron silenciados, marginados, secuestrados, pero que siguen vivos. Digámoslo con palabras del poeta cubano Roberto Fernández Retamar en su ensayo “Calibán”: Para ser consecuentes con nuestra actitud anticolonialista, tenemos que volvernos efectivamente a los hombres nuestros que en su conducta y en su pensamiento han encarnado e iluminado esa actitud”.
En tercer lugar: La necesidad de superar nuestro analfabetismo de las lenguas autóctonas. Decía Simón Rodríguez que el quechua y el aymara eran más importantes para nosotros que el griego y el latín. Quizá hoy pudiéramos decir que son igualmente importantes, pero debería haber una Misión Robinson que nos enseñe wuayunaiki, pemón, maquiritare, entre muchos otras lenguas, ya que como lo reza la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, somos un país multiétnico, pluricultural y los idiomas indígenas forman parte de nuestro patrimonio cultural y de la humanidad. Por eso es necesario una campaña de alfabetización en lenguas indígenas y es necesario la publicación de libros bilingües. Miguel Ángel Jusayú decía que hacemos poco con enseñar a leer en wuayunaki si no tenemos libros ni periódicos ni revistas ni emisoras de radio en wuayunaiki o por lo menos bilingües.
Las editoriales alternativas, a pesar de las dificultades, estamos cumpliendo con nuestra parte, publicar libros que se escriben por necesidad de vida de los autores. Pero creemos que deber ser una política de estado la publicación y distribución masiva de libros y autores fundamentales para América Latina y el Caribe, así como de libros en bilingüe. Y es en esa forma que el libro puede ser de manera decisiva un instrumento de integración. Los gobiernos tienen que hacer su parte. Venezuela, con la ayuda solidaria de Cuba, logró salir en tiempo record del analfabetismo. Bolivia ahora hace lo propio. Esa debería ser una prioridad, por lo menos de todos nuestros gobiernos amigos. Así el libro sí tendría un auténtico sentido.
Todo lo demás será ganancia, porque, como decía don Alfonso Reyes: “Todo cuanto se haga a favor del libro, se habrá hecho a favor del hombre, de lo más humano que hay en el hombre”.

1 Comments:
Aventura del saber
Siendo la lectura sinónimo de encuentro, en ella escritor y lector - compañeros de viaje- concurren a la mejor aventura humana, desde la madrugada primigenia cuando tuvo la palabra poder de creación (J. Ortega y Gasset). “Si la lectura no es una aventura del saber, en la cual se ponen en cuestión todos los saberes anteriores, pues no es una lectura.”48
A partir de la lectura y la escritura, elementos fundamentales en la vida de toda persona, cada quien “queda inscrito en la humanidad de manera plena”, sostiene Noé Jitrik, quien recalca: “Aprender a leer y a escribir es el verdadero destete. Es el momento en el que alguien empieza a ser individuo, rompe realmente el cordón umbilical y debe valerse por sí mismo. La lectura y la escritura son los aprendizajes que nos permiten tener conciencia de lo que somos en el universo, tanto en lo individual como en lo colectivo”.49
Motores de la humanidad, lectura y escritura obligan al hombre a insertarse en el hormigón histórico-colectivo-cósmico-personal. Es cuando se habla de la enciclopedia del lector, el background o bagaje cultural, intelectual, en el que confluye toda resonancia humana -poética- a partir del eterno tolle, lege.
En Conversación sostenida en La Habana, José Saramago le respondía a Noé Jitrik: “Yo digo a veces que nosotros somos seres de papel; la verdad es que yo no puedo imaginarme ni imaginar a nadie fuera de lo que ha leído y de lo que ha quedado de lo que ha leído; sin mencionar la memoria que en muchos casos es memoria de lo leído.”50
Definitivamente, somos producto de la lectura. Con ella creamos y re-creamos. Nos creamos y nos re-creamos. Ojalá con ella diéramos cumplimiento a lo que para Joaquín M. Aguirre Romero habría de ser el único objetivo de cualquier disciplina humanística: “la comprensión del mundo y, a través de esto, la comprensión de nosotros mismos.”51
Gabriel García Márquez, quien todavía hoy ni el mismo sabe quién es, a quien le costó mucho aprender a leer, quien tenía el arraigado vicio de leer todo lo que le cayera en sus manos, acostumbrado a leer en sus reservados habituales hasta que le espante el sol, alguna vez insaciable lector sin ninguna formación sistemática, sí sabe -Gran Lector entre la soledad de sus insomnios- qué es leer: sabe que sólo deberían leerse los libros que nos fuerzan a releerlos; que uno de los secretos más útiles para escribir es aprender a leer los jeroglíficos de la realidad sin tocar una puerta para preguntar nada, mientras la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.52
http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/leer.html
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