Llegar a España
Introducción
Empezaría diciendo que tenemos la gran suerte de contar con un público potencial que va mucho más allá de los límites de nuestros respectivos países. Nuestro idioma nos acerca a aquellos lectores que, aun encontrándose lejos de nuestras fronteras, están dentro del ámbito del castellano y, por lo tanto, podrían interesarse por lo que publicamos. Sin embargo, si ya nos enfrentamos a innumerables problemas cuando nos concentramos en llegar a todas las zonas de nuestros países, las dificultades parecen crecer si pretendemos ir más allá de éstos. Aunque la existencia de esas dificultades sea innegable, también es cierto que las ventajas, así como las posibilidades, son considerables. España es el país de habla hispana con mayor índice de lectura, mayor calidad en la producción de libros y más librerías, por lo tanto es lógico que resulte atractiva. Sin embargo, también es el país con mayor oferta editorial y donde la competencia es más feroz. Tiene condiciones favorables para un editor, como el precio fijo o una mejor plataforma para la distribución, pero las distintas partes del proceso editorial tienen allí, en general, un costo mayor. En cualquier caso, sería lamentable renunciar de antemano a 18 millones de posibles lectores[1] por miedo a los obstáculos, y por eso voy a tratar, desde mi humilde experiencia, de facilitarles el intento de llegar al lector español.
No puedo dar una lista de pasos a seguir que sirvan por igual a todas las editoriales: la fórmula idónea dependerá del tipo de editorial de que se trate, del tipo de público al que esté orientada y, sobre todo, de las intenciones que se tengan. No puedo examinar cada una de las soluciones posibles porque nos harían falta horas, porque yo no tengo todos los datos necesarios para analizarlas —nos haría falta, por ejemplo, la opinión de un jurista que nos hiciera un catálogo de las formas jurídicas posibles, etc.—, y porque tampoco tengo las soluciones para cada situación. Lo que puedo hacer es contarles las opciones que examinamos en Sexto Piso y la solución que finalmente adoptamos tras vencer los problemas que se nos presentaron.
Primer momento: la distribución en España
Cuando no se manejan datos ni presupuestos, se tiende a pensar que claramente compensa producir los libros en Latinoamérica, aunque a los costos de la producción haya que sumar los del envío de los libros a España. Ese fue nuestro primer esquema empleado. La idea era bastante lógica teniendo en cuenta que, además, se trataba de meter las narices en un mercado complicado y de hacerlo de una manera prudente, principalmente para ver la aceptación que tenían nuestros libros. Si no tenían la más mínima repercusión y caían en el olvido, no perdíamos gran cosa. Si encontraban su espacio dentro del mercado español y lográbamos colocar unos cuantos libros en una serie de librerías y, además, unos cuantos lectores se sentían atraídos por éstos y se los llevaban a su casa, mejor. Pero cabía una tercera posibilidad: que algunos de esos libros tuvieran una buena aceptación, los libreros recibieran muchos pedidos de sus clientes y que nos transmitieran su interés en recibir más. Los distribuidores-importadores —desde el punto de vista de España, aunque aquí tal vez debería decir “exportadores”—, en comparación con el resto de distribuidores que actúan en España, tienen un tamaño limitado. Eso implica que, al mismo tiempo, tengan menor agilidad. En ese sentido, en la tercera posibilidad que he mencionado, que es un caso al que precisamente nos enfrentamos en la práctica en aquellos días, ocurría que el distribuidor no tenía la posibilidad de satisfacer esos pedidos. En ese tipo de situaciones, se produce un círculo vicioso, una cadena que nadie puede romper en la que intervienen distribuidor, editor y librero: el distribuidor no tiene la capacidad de traer muchos ejemplares del mismo título, por las complicaciones que ello supone, pero también porque significa asumir un riesgo importante. Por eso, el editor no se lanza a hacer una gran promoción del libro, aunque éste sea susceptible de éxito. Entonces, el librero no hace pedidos importantes y por lo tanto, el distribuidor no trae muchos ejemplares del título.
Esto no significa que el modelo de hacer llegar los libros a España a través de un distribuidor-importador deba descartarse en todos los casos: muy al contrario, podría serles muy útil a algunas editoriales, como por ejemplo aquellas que, por ser muy técnicas, pueden apuntar acertadamente su promoción, para llegar a cierto sector que, aunque sea limitado, sin duda se interesará por algunos títulos de manera sistemática y previsible. Lo mismo ocurre con editoriales que cuentan con un público fiel. Cabe destacar, en este sentido, al lector de poesía que, aunque no es el lector típico sino más bien escaso, suele confiar en ciertas editoriales y puede convertirse en un comprador asiduo. En ambos ejemplos, se trata de cifras de ventas limitadas pero estables.
Segundo momento: el salto
Como ya he adelantado, para Sexto Piso el modelo descrito antes no fue el idóneo. Por eso, nos decidimos a pensar en alguna alternativa y el balance final nos hizo dar el salto.
Para empezar, las características de nuestra línea editorial nos empujaron en buena medida: el catálogo de Sexto Piso, formado por autores universales, habían generado interés en el mercado español, y en la mayoría de los casos Sexto Piso contaba con derechos para todo el castellano, pero la presencia en las librerías había sido insuficiente. Por otro lado, esa primera incursión que habíamos tenido en España nos había dado cierta difusión en medios de comunicación. Libreros y lectores comenzaban a conocer el sello, y era interesante aprovechar esa coyuntura.
Además, tras una exhaustiva comparación de costos editoriales en ambos países, y teniendo en cuenta los tiempos y gastos de exportación que habíamos manejado desde México para España, concluimos que la mejor manera de reducir costos —y por ende precios— era realizar la impresión de los libros directamente en España. A esto hay que añadir que la calidad de producción era claramente superior en España, y esa diferencia, que se percibe en el acabado de los libros, debía tenerse en cuenta. Es cierto que todo esto no es extrapolable a cualquiera de las editoriales que están aquí representadas, ya que los costos y la calidad difieren de un país a otro. Por eso, es fundamental que cada editor realice ese examen por su cuenta, pasando por la toma de contacto con impresores españoles y basándose así en presupuestos reales y comparables.
Problemas de última hora
En Sexto Piso, se nos planteó una duda que viene del hecho de que la mayoría de nuestros libros sean traducciones. Por ser, en su mayoría, de traductores mexicanos, estaban repletas de giros que a un lector español —como a veces a un peruano— le extrañarían o que, incluso, en muchos casos no entendería. La cuestión de adaptarse al español de España es discutible, ya que, por ejemplo, en Latinoamérica desde siempre hemos tenido que tolerar frases como “vosotros, gilipollas, entrad dentro a por el coche y bajad abajo, pringaos”. Además, durante los años del Franquismo, las traducciones que llegaron a España de todos los libros “prohibidos” eran publicaciones del Fondo de Cultura Económica, Paidós, Emecé, etc. Aquellos “progres” se sentían bien afortunados de que esas obras llegaran a sus manos, y no tenían queja alguna en cuanto a los giros de los que hablábamos. Sin embargo, ahora nuestra situación y el contexto son bien distintos: España se ha convertido en el mayor mercado de libro en español. Las cifras editoriales son apabullantes, y nosotros, ante ese panorama, somos microscópicos. El lector español no va a venir a buscarnos por sí solo —como en cambio sí ocurría durante los años de dictadura—, sino que debemos acercarnos nosotros a él. Si las editoriales españolas, al llevar sus traducciones a nuestras librerías de Latinoamérica, hicieran el esfuerzo previo de adaptarse al español de nuestros países, sería un gesto de agradecer, ya que sin duda es mucho más agradable leer en un español que nos resulte familiar. Del mismo modo, si los editores mexicanos y argentinos de los años sesenta y setenta hubieran adaptado sus traducciones al español de España, los españoles habrían estado aún más satisfechos. Sin embargo, todo eso es prácticamente impensable. Pero ocupémonos en nuestro caso: tenemos unas traducciones hechas en México y nos proponemos llegar a un mayor número de lectores en España. Nos disponemos a llevar a la imprenta unos archivos de los que saldrá una tirada destinada a distribuirse sólo en España. Tal vez merezca la pena ese pequeño esfuerzo de adaptación que probablemente nos dé más lectores y mejores críticas. Sin embargo, si introduzco este tema en el apartado de “problemas”, es porque sin duda esta opción tiene sus inconvenientes, ya que no es fácil determinar hasta qué punto puede “metérsele mano” a los textos, es difícil encontrar correctores que sepan hacer ese trabajo tan particular y, por otro lado, introducir ese paso ralentiza considerablemente el proceso.
En otro orden de ideas, no podemos dejar de hablar de los problemas legales. Estamos viviendo una época en la que las legislaciones sobre extranjería de los países europeos se impregnan de una suspicacia y una desconfianza muy llamativas. Esto da lugar a normativas, en casi todos los ámbitos, que no hacen más que poner trabas a cualquier actividad que pretenda llevar a cabo un extranjero. Conviene estar advertidos de este punto, y tratar de recibir una asesoría fiable antes de emprender cualquier proyecto. En nuestro caso, por ejemplo, cuando todo estaba prácticamente funcionando, nos surgió un imprevisto de este tipo, con una norma que acababa de entrar en vigor dos días antes y que nos supuso hacer un trámite adicional con el que no contábamos, que nos paralizó el proceso de constitución durante varios meses. Esto demuestra que, incluso con una buena asesoría, hay que estar preparado para eventuales problemas adicionales...
Conclusión
Para nosotros la experiencia de llegar a España ha sido muy positiva, pero no se puede decir que hayamos superado todos los obstáculos. Aún estamos en un proceso de adaptación a las particularidades del mundo de la edición de España, y transitar ese camino nos tomará más tiempo. Estas peculiaridades, además, no son puntos fácilmente reconocibles ni enumerables, son un conjunto importante de diferencias —algunas muy notorias pero también otras sutilísimas— que vamos asimilando paso a paso. A pesar de estas dificultades, seguimos valorando altamente nuestra experiencia, en la medida en que vamos encontrado lectores de nuestros libros, que agradecen nuestra presencia en ese país, y que nos confirman que no estábamos equivocados al pensar que podíamos tener un espacio dentro del amplio y poblado universo editorial de España.
Creemos que la aventura vale la pena. Creemos que cada vez la sociedad entiende mejor la idea de que debemos hablar de “libros en español” y que no estamos adjetivando los libros con los apellidos de cada país: libros mexicanos, libros españoles, libros venezolanos, etc. Apostamos por un mercado amplio y generoso sin etiquetas nacionales, sin extranjeros, sin lanzar nuestros libros a combatir con otros fantasmas que los derivados de las dificultades objetivas propias de cada libro en cualquier mercado.
Un viejo editor español suele decir a quienquiera que desee iniciar un proyecto editorial, que debe cultivar con mucho esmero la virtud de la paciencia. Iniciar un proyecto editorial equivale a introducir una nueva marca en un mercado nuevo. Con cierto sentido del humor dice que “hacer una editorial o ser editor es muy fácil. Si se sobrevive a los primeros 30 años, uno ya es editor”.
[1] Dato de la Federación de Gremios de Editores de España en 2005. Ésta tiene en cuenta la población española mayor de 14 años (aunque a partir de este año tendrá en cuenta los mayores de 12), es decir 36 millones de personas. Sobre esta base, el porcentaje de lectores es del 51 por ciento.
Empezaría diciendo que tenemos la gran suerte de contar con un público potencial que va mucho más allá de los límites de nuestros respectivos países. Nuestro idioma nos acerca a aquellos lectores que, aun encontrándose lejos de nuestras fronteras, están dentro del ámbito del castellano y, por lo tanto, podrían interesarse por lo que publicamos. Sin embargo, si ya nos enfrentamos a innumerables problemas cuando nos concentramos en llegar a todas las zonas de nuestros países, las dificultades parecen crecer si pretendemos ir más allá de éstos. Aunque la existencia de esas dificultades sea innegable, también es cierto que las ventajas, así como las posibilidades, son considerables. España es el país de habla hispana con mayor índice de lectura, mayor calidad en la producción de libros y más librerías, por lo tanto es lógico que resulte atractiva. Sin embargo, también es el país con mayor oferta editorial y donde la competencia es más feroz. Tiene condiciones favorables para un editor, como el precio fijo o una mejor plataforma para la distribución, pero las distintas partes del proceso editorial tienen allí, en general, un costo mayor. En cualquier caso, sería lamentable renunciar de antemano a 18 millones de posibles lectores[1] por miedo a los obstáculos, y por eso voy a tratar, desde mi humilde experiencia, de facilitarles el intento de llegar al lector español.
No puedo dar una lista de pasos a seguir que sirvan por igual a todas las editoriales: la fórmula idónea dependerá del tipo de editorial de que se trate, del tipo de público al que esté orientada y, sobre todo, de las intenciones que se tengan. No puedo examinar cada una de las soluciones posibles porque nos harían falta horas, porque yo no tengo todos los datos necesarios para analizarlas —nos haría falta, por ejemplo, la opinión de un jurista que nos hiciera un catálogo de las formas jurídicas posibles, etc.—, y porque tampoco tengo las soluciones para cada situación. Lo que puedo hacer es contarles las opciones que examinamos en Sexto Piso y la solución que finalmente adoptamos tras vencer los problemas que se nos presentaron.
Primer momento: la distribución en España
Cuando no se manejan datos ni presupuestos, se tiende a pensar que claramente compensa producir los libros en Latinoamérica, aunque a los costos de la producción haya que sumar los del envío de los libros a España. Ese fue nuestro primer esquema empleado. La idea era bastante lógica teniendo en cuenta que, además, se trataba de meter las narices en un mercado complicado y de hacerlo de una manera prudente, principalmente para ver la aceptación que tenían nuestros libros. Si no tenían la más mínima repercusión y caían en el olvido, no perdíamos gran cosa. Si encontraban su espacio dentro del mercado español y lográbamos colocar unos cuantos libros en una serie de librerías y, además, unos cuantos lectores se sentían atraídos por éstos y se los llevaban a su casa, mejor. Pero cabía una tercera posibilidad: que algunos de esos libros tuvieran una buena aceptación, los libreros recibieran muchos pedidos de sus clientes y que nos transmitieran su interés en recibir más. Los distribuidores-importadores —desde el punto de vista de España, aunque aquí tal vez debería decir “exportadores”—, en comparación con el resto de distribuidores que actúan en España, tienen un tamaño limitado. Eso implica que, al mismo tiempo, tengan menor agilidad. En ese sentido, en la tercera posibilidad que he mencionado, que es un caso al que precisamente nos enfrentamos en la práctica en aquellos días, ocurría que el distribuidor no tenía la posibilidad de satisfacer esos pedidos. En ese tipo de situaciones, se produce un círculo vicioso, una cadena que nadie puede romper en la que intervienen distribuidor, editor y librero: el distribuidor no tiene la capacidad de traer muchos ejemplares del mismo título, por las complicaciones que ello supone, pero también porque significa asumir un riesgo importante. Por eso, el editor no se lanza a hacer una gran promoción del libro, aunque éste sea susceptible de éxito. Entonces, el librero no hace pedidos importantes y por lo tanto, el distribuidor no trae muchos ejemplares del título.
Esto no significa que el modelo de hacer llegar los libros a España a través de un distribuidor-importador deba descartarse en todos los casos: muy al contrario, podría serles muy útil a algunas editoriales, como por ejemplo aquellas que, por ser muy técnicas, pueden apuntar acertadamente su promoción, para llegar a cierto sector que, aunque sea limitado, sin duda se interesará por algunos títulos de manera sistemática y previsible. Lo mismo ocurre con editoriales que cuentan con un público fiel. Cabe destacar, en este sentido, al lector de poesía que, aunque no es el lector típico sino más bien escaso, suele confiar en ciertas editoriales y puede convertirse en un comprador asiduo. En ambos ejemplos, se trata de cifras de ventas limitadas pero estables.
Segundo momento: el salto
Como ya he adelantado, para Sexto Piso el modelo descrito antes no fue el idóneo. Por eso, nos decidimos a pensar en alguna alternativa y el balance final nos hizo dar el salto.
Para empezar, las características de nuestra línea editorial nos empujaron en buena medida: el catálogo de Sexto Piso, formado por autores universales, habían generado interés en el mercado español, y en la mayoría de los casos Sexto Piso contaba con derechos para todo el castellano, pero la presencia en las librerías había sido insuficiente. Por otro lado, esa primera incursión que habíamos tenido en España nos había dado cierta difusión en medios de comunicación. Libreros y lectores comenzaban a conocer el sello, y era interesante aprovechar esa coyuntura.
Además, tras una exhaustiva comparación de costos editoriales en ambos países, y teniendo en cuenta los tiempos y gastos de exportación que habíamos manejado desde México para España, concluimos que la mejor manera de reducir costos —y por ende precios— era realizar la impresión de los libros directamente en España. A esto hay que añadir que la calidad de producción era claramente superior en España, y esa diferencia, que se percibe en el acabado de los libros, debía tenerse en cuenta. Es cierto que todo esto no es extrapolable a cualquiera de las editoriales que están aquí representadas, ya que los costos y la calidad difieren de un país a otro. Por eso, es fundamental que cada editor realice ese examen por su cuenta, pasando por la toma de contacto con impresores españoles y basándose así en presupuestos reales y comparables.
Problemas de última hora
En Sexto Piso, se nos planteó una duda que viene del hecho de que la mayoría de nuestros libros sean traducciones. Por ser, en su mayoría, de traductores mexicanos, estaban repletas de giros que a un lector español —como a veces a un peruano— le extrañarían o que, incluso, en muchos casos no entendería. La cuestión de adaptarse al español de España es discutible, ya que, por ejemplo, en Latinoamérica desde siempre hemos tenido que tolerar frases como “vosotros, gilipollas, entrad dentro a por el coche y bajad abajo, pringaos”. Además, durante los años del Franquismo, las traducciones que llegaron a España de todos los libros “prohibidos” eran publicaciones del Fondo de Cultura Económica, Paidós, Emecé, etc. Aquellos “progres” se sentían bien afortunados de que esas obras llegaran a sus manos, y no tenían queja alguna en cuanto a los giros de los que hablábamos. Sin embargo, ahora nuestra situación y el contexto son bien distintos: España se ha convertido en el mayor mercado de libro en español. Las cifras editoriales son apabullantes, y nosotros, ante ese panorama, somos microscópicos. El lector español no va a venir a buscarnos por sí solo —como en cambio sí ocurría durante los años de dictadura—, sino que debemos acercarnos nosotros a él. Si las editoriales españolas, al llevar sus traducciones a nuestras librerías de Latinoamérica, hicieran el esfuerzo previo de adaptarse al español de nuestros países, sería un gesto de agradecer, ya que sin duda es mucho más agradable leer en un español que nos resulte familiar. Del mismo modo, si los editores mexicanos y argentinos de los años sesenta y setenta hubieran adaptado sus traducciones al español de España, los españoles habrían estado aún más satisfechos. Sin embargo, todo eso es prácticamente impensable. Pero ocupémonos en nuestro caso: tenemos unas traducciones hechas en México y nos proponemos llegar a un mayor número de lectores en España. Nos disponemos a llevar a la imprenta unos archivos de los que saldrá una tirada destinada a distribuirse sólo en España. Tal vez merezca la pena ese pequeño esfuerzo de adaptación que probablemente nos dé más lectores y mejores críticas. Sin embargo, si introduzco este tema en el apartado de “problemas”, es porque sin duda esta opción tiene sus inconvenientes, ya que no es fácil determinar hasta qué punto puede “metérsele mano” a los textos, es difícil encontrar correctores que sepan hacer ese trabajo tan particular y, por otro lado, introducir ese paso ralentiza considerablemente el proceso.
En otro orden de ideas, no podemos dejar de hablar de los problemas legales. Estamos viviendo una época en la que las legislaciones sobre extranjería de los países europeos se impregnan de una suspicacia y una desconfianza muy llamativas. Esto da lugar a normativas, en casi todos los ámbitos, que no hacen más que poner trabas a cualquier actividad que pretenda llevar a cabo un extranjero. Conviene estar advertidos de este punto, y tratar de recibir una asesoría fiable antes de emprender cualquier proyecto. En nuestro caso, por ejemplo, cuando todo estaba prácticamente funcionando, nos surgió un imprevisto de este tipo, con una norma que acababa de entrar en vigor dos días antes y que nos supuso hacer un trámite adicional con el que no contábamos, que nos paralizó el proceso de constitución durante varios meses. Esto demuestra que, incluso con una buena asesoría, hay que estar preparado para eventuales problemas adicionales...
Conclusión
Para nosotros la experiencia de llegar a España ha sido muy positiva, pero no se puede decir que hayamos superado todos los obstáculos. Aún estamos en un proceso de adaptación a las particularidades del mundo de la edición de España, y transitar ese camino nos tomará más tiempo. Estas peculiaridades, además, no son puntos fácilmente reconocibles ni enumerables, son un conjunto importante de diferencias —algunas muy notorias pero también otras sutilísimas— que vamos asimilando paso a paso. A pesar de estas dificultades, seguimos valorando altamente nuestra experiencia, en la medida en que vamos encontrado lectores de nuestros libros, que agradecen nuestra presencia en ese país, y que nos confirman que no estábamos equivocados al pensar que podíamos tener un espacio dentro del amplio y poblado universo editorial de España.
Creemos que la aventura vale la pena. Creemos que cada vez la sociedad entiende mejor la idea de que debemos hablar de “libros en español” y que no estamos adjetivando los libros con los apellidos de cada país: libros mexicanos, libros españoles, libros venezolanos, etc. Apostamos por un mercado amplio y generoso sin etiquetas nacionales, sin extranjeros, sin lanzar nuestros libros a combatir con otros fantasmas que los derivados de las dificultades objetivas propias de cada libro en cualquier mercado.
Un viejo editor español suele decir a quienquiera que desee iniciar un proyecto editorial, que debe cultivar con mucho esmero la virtud de la paciencia. Iniciar un proyecto editorial equivale a introducir una nueva marca en un mercado nuevo. Con cierto sentido del humor dice que “hacer una editorial o ser editor es muy fácil. Si se sobrevive a los primeros 30 años, uno ya es editor”.
[1] Dato de la Federación de Gremios de Editores de España en 2005. Ésta tiene en cuenta la población española mayor de 14 años (aunque a partir de este año tendrá en cuenta los mayores de 12), es decir 36 millones de personas. Sobre esta base, el porcentaje de lectores es del 51 por ciento.

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