martes, octubre 31, 2006

Sarita Cartonera: experiencia de un proyecto literario, comunitario y solidario

Para comenzar, y teniendo en cuenta que mi presentación se enmarca en el tema de la cogestión y la propiedad colectiva, quiero aclarar un poco cómo entiendo ambos conceptos y hasta qué punto se puede vincular a Sarita Cartonera – proyecto editorial del que vengo a hablar – con ellos, para después ver cómo sucede dicha vinculación.

La segunda definición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española para el término ‘cogestión’ dice: “participación del personal en la administración o gestión de una empresa”. Esta definición supone la existencia de una jerarquía empresarial: socios y empleados, en la que estos últimos “participan”, se entiende que no equitativamente, de la gestión institucional. Sarita Cartonera no es una empresa: no posee, en rigor, ni empresarios ni empleados y, por lo tanto, no puede enmarcarse en la figura de la cogestión.

Por otra parte, la expresión ‘propiedad colectiva’ está históricamente ligada a la tierra: a los territorios comunes a una colectividad y a las propiedades que de ellos se derivan: minerales, agua, etc., vinculándose en los últimos años también a otras formas de propiedad como la intelectual. Según esto, una forma de propiedad privada sería la ‘colectiva’, en la que los propietarios son una colectividad formada – históricamente – por circunstancias geográficas, pero que hoy puede extenderse a cualquier forma de colectividad. Sarita Cartonera, en tanto es un proyecto ideado y desarrollado por un grupo de individuos, puede enmarcarse en un proyecto de ‘propiedad colectiva’, de características singulares, porque la colectividad propietaria está en constante transformación, como veremos más adelante.

Aclarado el asunto de la posición de Sarita Cartonera frente a la ‘cogestión’ y la ‘propiedad colectiva’, resumo la historia del proyecto, enmarcándola en el proceso editorial peruano, caracterizado por la carencia de un sistema editorial serio, el cual no ha sido propiciado ni por el estado ni por empresas privadas locales ni por universidades ni otras organizaciones. A excepción de la época del gobierno del dictador Velasco Alvarado, quien diseñó la única estrategia exitosa de difusión editorial de la historia del Perú, a través de los Populibros.

Aquí me permito una digresión, básicamente porque estamos en Venezuela, en un contexto social y político singular. La década del setenta podría llamarse la de las dictaduras sudamericanas, los casos emblemáticos son Chile, Argentina o Uruguay. En esos años se formaron gobiernos militares de derecha, respaldados por el gobierno de los Estados Unidos, que buscaban integrar a sus respectivos países al ‘mercado mundial’ con consecuencias sociales desastrosas, entre ellas, la desaparición de muchos de sus ciudadanos. En el Perú, en esa misma época, sucedió lo contrario: se instauró una dictadura de izquierda que buscó – fallidamente y empleando los mecanismos absurdos de cualquier dictadura – integrar a los distintos sectores de la sociedad peruana, entre otras formas, a través de la cultura. De este modo se creó la colección Populibros, que publicó a muchos autores peruanos en tirajes amplísimos a precios muy bajos y con una muy buena distribución nacional. Al caer el régimen, se terminó el proyecto Populibros que, pese a su éxito, nunca fue retomado por ningún gobierno nacional.

En los años siguientes a los Populibros, las pocas editoriales existentes en el Perú, buscaron sobrevivir a una crisis permanente que se agudizó con la entrada al país de multinacionales como Planeta, Santillana y Norma, y la formación de las primeras cadenas de librerías que ahora inundan la ciudad de Lima que, por otro lado, concentra al 90 % de las librerías del país.

Como efecto de la globalización y en respuesta a ella es que, en la década del noventa, toman importancia los fondos editoriales de las universidades y del Congreso de la República, así como las ediciones de ONG especializadas, las que, junto a las pocas editoriales existentes, buscan mantenerse o re-posicionarse en un nuevo circuito editorial, modelado por las transnacionales recién afincadas.

Este contexto se presenta a la vez como negativo y positivo: negativo, en tanto ubica a las editoriales locales y, en consecuencia, a los escritores locales, en un lugar periférico dentro del circuito de circulación de los libros; y positivo, en tanto que, este nuevo lugar asignado para los editores existentes, en su mayoría tradicionales y reaccionarios, permite y casi exige la aparición de nuevas editoriales y de propuestas alternativas que intenten posicionarse como tales y reposicionar a sus autores en este nuevo circuito de lectura globalizada, aun en construcción; en el cual, los proyectos pequeños sólo pueden tener cabida a partir de su diferencia.

En este marco comienza, ahora sí, la historia de Sarita Cartonera.

Sarita Cartonera es un proyecto editorial, cultural, comunitario y, según lo llamamos ahora, solidario. Nos dedicamos a publicar, difundir y distribuir en el Perú, libros de literatura latinoamericana contemporánea en ediciones artesanales: textos impresos en impresora casera, encuadernados con tapas hechas reutilizando cartón desechado y pintadas a mano por adolescentes de zonas marginales de la ciudad. Los autores nos ceden gratuitamente los derechos de edición, los editores trabajamos también gratuitamente, los artistas plásticos que trabajan con los cartoneros las tapas de los libros también lo hacen sin cobrar, y sólo los chicos que hacen la manufactura reciben una remuneración por su trabajo, que se obtiene de la venta de los libros.

Sarita Cartonera es un proyecto que nació a principios del 2004, inspirados en otro muy similar que comenzó en Buenos Aires un año antes, llamado Eloísa Cartonera (ya estamos entrando al tema de la ‘propiedad colectiva’). Eloísa Cartonera nació como una respuesta glocal a la crisis argentina del 2001, empleando uno de sus símbolos: la inundación de recicladores de cartón por las calles de Buenos Aires. Wáshington Cucurto y Javier Barilaro, sus fundadores, decidieron llamar la atención de la población juntando textos urbanos, callejeros y ágiles, fotocopiándolos, encuadernándolos con cajas de cartón cortado y pintándolos a mano por recicladores de cartón.

Un año después, a principios del 2004, Tania Silva y Milagros Saldarriaga, que ya conocían los libros de Eloísa Cartonera y que estaban convencidas de que era un proyecto que debía multiplicarse y extenderse por el mundo (o al menos hasta el Perú), aprovecharon un viaje de Tania a Buenos Aires para reunirse oficialmente con Cucurto y conseguir que éste ceda y apoye la creación de un proyecto análogo al de Eloísa Cartonera, en el Perú (seguimos con la ‘propiedad colectiva’, poco más abajo nos detendremos en ello).

Las prioridades eran otras en el Perú. El país cuenta con un muy bajo índice de lectoría y hay un gran nivel de exclusión, que también alcanza a la cultura. Además, para cuando se inicia el proyecto en el Perú, los escritores noveles locales tenían muchas dificultades para conseguir espacio en alguna editorial, por lo que la editorial cartonera se convertía en un buen canal de publicación.

La primera prioridad a resolver era la de la estética del proyecto. Se decidió que sería un proyecto irreverente y popular, por lo que tomó el nombre de Sarita Cartonera, en alusión a Sarita Colonia, una santa popular peruana, no reconocida por la iglesia, pero que funge de patrona de presos y prostitutas en el país, y que se ha convertido, en los últimos años, en uno de los íconos más importantes de la cultura popular peruana.

El siguiente punto a resolver definió la pauta de lo que sería hasta hoy el desarrollo del proyecto: quiénes lo integrarían. Tania Silva y Milagros Saldarriaga, quienes no se sentían dueñas sino depositarias o continuadoras del proyecto, buscaron involucrar a la mayor cantidad de gente en el mismo: editores, artistas plásticos, correctores de estilo, recicladores de cartón, familiares de recicladores, etc. Por lo cual, si bien no es un proyecto que pueda ubicarse en la definición de ‘cogestión’, sí se enmarca en la de la ‘propiedad colectiva’.

En el primer año de Sarita Cartonera se publicó una veintena de libros, consiguiéndose el apoyo de la Municipalidad de Lima y la empresa privada, lo cual coincidió con la aparición, en ese mismo año, de otras propuestas editoriales alternativas o independientes, como el Álbum del Universo Bakterial, Estruendomudo, Matalamanga, Solar, entre otras que, a fines del siguiente año conformarían el grupo PUNCHE Editores Asociados, buscando dinamizar y desarrollar el sistema editorial peruano. Todo ello contribuyó a la consolidación de Sarita Cartonera y su sistema innovador de trabajo.

Dado que Sarita Cartonera no es una empresa (de hecho, para soportar el marco legal peruano, hubo que crear una asociación sin fines de lucro llamada CHUSCA. Cultura Local Contemporánea, que es la que viabiliza la existencia del proyecto), y que no genera ni generará utilidades, no tenemos que restringirnos a los intereses del mercado, además el trabajo voluntario de casi todos los actores involucrados (los únicos que reciben remuneración son los cartoneros, quienes además de hacer la manufactura leen los libros, trabajan plásticamente y se vinculan con otras actividades artísticas como la música o la plástica) permite a la editorial integrar escritores cuyos derechos de autor no podríamos pagar o artistas plásticos cuyas obras no podríamos comprar; esto permite a Sarita Cartonera un mayor reconocimiento por parte de sus lectores, algunos de los cuales pasaron de compradores frecuentes a voluntarios del proyecto.

Un objetivo primordial de Sarita Cartonera es la difusión de literatura latinoamericana contemporánea en el Perú, no buscamos exportar los libros, más bien junto a nuestros pares de Eloísa buscamos crear una red cartonera latinoamericana, a la que ya se ha sumado Yerba Mala Cartonera, proyecto análogo al nuestro que comenzó este verano en Bolivia, que nos remite otra vez al tema de la ‘propiedad colectiva’, ya que la idea como tal de las editoriales cartoneras es una idea que cualquiera puede tomar (no posee derechos de autor), con la única exigencia de que respete las condiciones básicas que manejamos todos: no perseguir fines de lucro ni impedir, al contrario, alentar, la continuación de la red cartonera que debe permitir a la vez: la difusión latinoamericana de nuestra literatura, la integración de diversos actores en un proyecto cultural, y la solidaridad económica e inclusión cultural de sectores usualmente excluidos.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

oe tu eres la que malogra el dia eres la desgracia me voy vengar de udsted te detesto te odio con mi furia te voy a conbertir en papilla
tu tienes la cupa de todo
tienes la cupa de todo
tienes la cupa de todo
tienes la cupa de todo
tienes la cupa de todo
tienes la cupa de todo
tienes la cupa de todo
tienes la cupa de todo
tienes la cupa de todo malogras la tranquilidad tu eres la cauasante de este lio esta es mi venganza bua jajajajajajajajajaja

angel olivas arana

7:26 PM  
Anonymous Anónimo said...

oe tu eres la que malogra el dia eres la desgracia me voy vengar de udsted te detesto te odio con mi furia te voy a conbertir en papilla
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angel olivas arana

7:26 PM  

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